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Ander Lipus estuvo siete años estudiando y trabajando en Madrid. Y nada más volver a Bilbao -que recorría con la cámara hinchándose a hacer fotos porque ya ni lo reconocía-empezó a relacionarse con compañeros que como él querían dedicarse de lleno a la creación artística. El mismo día de la inauguración del Museo Guggenheim, en octubre de hace diez años, se inauguraba la Fábrica de Teatro Imaginario, una de las compañías más estables del panorama vasco. Mucho ha llovido desde entonces, pero
siguen empeñados en crear y mostrar un teatro de códigos originales y muy personales.

¿Cómo surge la FTI?
Creamos el Minaespazio, en la calle Labayru, un espacio necesario para crear y soñar, y también para mostrar lo que queríamos hacer. A raíz de ahí, en ese lugar, surgieron diversas líneas de investigación y disciplinas: escritores, performers, músicos, videoinstaladores, actores... Una parte de nosotros se decidió por un laboratorio en el que indagar en propuestas
actorales, dramáticas, y así nació la FTI. Yo venía de estudiar ‘los métodos’, que te enseñan el porqué, y lo que quería era hacer, el qué.

Y empezasteis a crear.
Primero fueron talleres, investigaciones, y fueron surgiendo los montajes. Al principio cosas muy pequeñas y con el tiempo, viendo la energía que había, con una quincena de intérpretes ilusionados, propuse los ‘8 olivettis poéticos’. Y tiene 8 autores, de ahí el nombre. Fue una locura, todo siempre desde el ‘underground’, influido el resultado por el espacio rectangular y estrecho, entre muchos edificios, en el que estábamos. En ‘8 olivettis’ el escenario era de esa forma, en el centro del público,
rodeados de los espectadores.

¿Y?
Y empezó a venir gente y más gente a ver la obra. Hasta que fuimos a La Fundición; ahí fue el ‘boom’, la crítica nos
puso por las nubes, éramos el porvenir.

Incluso más allá del ‘underground’.
¿Cómo se siente uno con ese éxito?
Pues la verdad es que más gilipollas. Eso lo tengo clarísimo. Yo he estado un año que no soportaba a Ander Lipus,
me parecía un gilipollas. Porque olvidas un poco para qué haces lo que haces. Éramos cuarenta personas persiguiendo una utopía.

¿Cuál?
Seguir hasta el horizonte y cuando llegas a ese, ver que hay otro y seguir hasta él. Pero he aprendido una
cosa: a no tener ilusión. Llega el desencanto. Y eso está reflejado en ‘Au Revoir, triunfadores!’. Es que en
la FTI el proceso creativo tiene que ver con nuestra vida artística y personal. ‘Yuri Sam’ es una historia
sobre la locura, como un mito, con su rito, pero vivido. Si por algo nos hemos destacado es por esa originalidad,
por algo no estructurado ni hermético, sino cambiante.

Empezáis otro ciclo, otra etapa en la FTI.
Nos hicimos empresarios, cooperativistas... Nos dolían las tripas, porque ya no sólo nos encargábamos
de la creación, sino de todo lo demás, esa gestión. Y eso contribuyó al desencanto, a ver que ya no haces
las cosas como las hacías. Ahora seguimos, pero en otros términos. Yo me he ido a vivir a Aulesti, y milito
para el pueblo. Hago lo que quiero para que la gente lo vea, hago talleres, adapto las obras para los críos.
Todo esto ya no encajaba en la Fábrica, porque no encaja en la llamada ‘política cultural’. Y era insostenible:
no se puede tener una compañía alternativa y vivir del teatro.

Pero con la FTI hay planes.
Sí, sí, el grupo ya no es empresa pero se mantiene para poner en marcha cosas. Lo que hacemos es buscarnos
la vida por otros lados. La compañía ha madurado. Tengo muchísimas obras esperando.

¿Y qué son esas obras? ¿Por qué nacen?
Es una necesidad de saber y de querer entender en qué momento vives y qué quieres hacer. Es una búsqueda de la manera en que quieres hacer las cosas. Y es ponerlo en común con otras personas, ponerse de acuerdo o no, encontrar algo. Es crear y adaptar lo que se crea a los distintos públicos. Es radicalizar el teatro que conocemos, entrar en códigos y puestas
en escena diferentes, no estándar.

Esos códigos de la FTI...
Es difícil de explicar pero es... No todo el mundo entra. Alguien dijo que hacíamos un teatro en determinada
frecuencia y si entras, flipas pero si no, no hay nada. Para mí el teatro es el otro. Y me interesa
el otro no desde el punto de vista de quien posee la verdad, de quien le está mostrando algo, sino de la
mentira, del engaño. Teatro. Para eso partimos de nuestros impulsos, de pasiones, de lo que de verdad
sentimos. Eso es lo que hace que la FTI para mí sea sagrada, intocable. Son imágenes que sólo tenemos
nosotros.

Nada que ver con el teatro más estándar.
El teatro clásico siempre representa el conflicto con el otro, buenos y malos, tú o yo, el ‘happy end’ y estas
mierdas; es lo que son, en la vida te sientes una mierda porque no tienes eso que te enseñan. Pero la FTI
siempre habla de todo lo demás. El conflicto siempre es con uno mismo. Yo soy el bueno y el malo. Al espectador
le cuesta entrar ahí, pero si lo hace, viaja.

Palacio Yohn Jauregia · Programación cultural · Pelota, 10 · 48005 Bilbao · Tel.: 94 416 31 88/99 · Fax: 94 415 14 22