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Slow Festivalsslow festivals


Primero nos hablaron del derecho a la pereza, que todavía no está del todo bien vista pese a que la primera referencia, hecha por Paul Lafargue, data del siglo XIX . Mucho después, hace apenas una década, nos descubrían la lentitud como virtud. Porque en ella reside la capacidad de tomárselo con calma, de dedicarle a cada cosa su tiempo y, sobre todo, de no obligarse a realizar una tarea en un tiempo límite. Esta teoría, recogida por el periodista canadiense Carl Honoré en un libro que se titula precisamente ‘Elogio de la lentitud’, viene a decir que hay que “actuar con rapidez cuando uno tiene que hacerlo y ser lento cuando eso es lo más conveniente”. Es decir: hay que buscar el ritmo adecuado para cada momento.

El virus de la velocidad nos lo han inoculado desde pequeños. Dice Carl Honoré que las primeras palabras que aprenden los niños -después de las vitales agua, mamá y papá, claro- son ‘venga’ y ‘date prisa’. Es verdad. También los críos tienen ganas de ir rápido, de conseguir todo en el menor tiempo posible. De ahí que exista la llamada ansiedad infantil, que luego se extiende hasta la vida adulta. No hay escapatoria.

¿O sí? El movimiento slow, surgido a raíz de estas reflexiones, ha convencido ya a mucha gente de que es mejor la comida tradicional que la rápida y de que es necesario recuperar espacios para las personas, no para los motores, en las ciudades. A pata se tarda más, pero no hay duda de que es bastante más sano y pone menos de los nervios. Lo mismo puede decirse de ir de compras, de hacer turismo y hasta de diseñar. Slow Food, Slow City, Slow Shopping, Slow Travel, Slow Desing… Son muchas las facetas de la vida a las que ha llegado esta realidad. También a la cultura, aunque seguramente hubo espacios de creación en los que nunca dominó la prisa. Porque ya se sabe que es mejor darse tiempo para dar a luz una pieza redonda que obligarse a producir algo cada cierto tiempo.

Algo que se les echa en cara a muchos escritores, por ejemplo, es el ritmo de producción alocado que se gastan. Un libro al año, a veces dos. ¿Es posible? Depende de las expectativas del autor y de sus lectores. En ocasiones la rapidez se ha trasladado al cine. Y es el pan nuestro de cada día en la televisión, donde posprogramas y las series van y vienen a la velocidad del rayo.

En creación escénica la cosa ha sido siempre diferente. Los procesos requerían más tiempo. Pero también el ansia por producir más ha llegado a algunos escenarios y compañías. Así que quienes han mantenido la calma y han dedicado a cada obra el periodo justo, sin importar los meses que van pasando, las hojas que se agotan y las presiones del mercado, pueden sentirse reivindicados por la manera slow de estar en el mundo.

El trabajo bien hecho no tiene que ser el más rápido. De hecho, la rapidez es posiblemente lo único que no le importa al creador que necesita y quiere comunicarse con los otros, que son espectadores, programadores y promotores pero sobre todo ciudadanos, personas en busca de un poco de ese algo más que da la creación artística. El descanso del guerrero. Un lugar de reflexión, de evasión, de entretenimiento. Un experimento que ocurre cada día, cada vez que se representa un espectáculo. Y que ha estado cocinándose lentamente durante meses o años. En BAD tenemos varios ejemplos de esa slow culture, sólo hay que echarle un vistazo a las propuestas.

Lo bueno de la escena contemporánea no convencional es que hace del proceso una forma de comunicar, así que ese periodo mismo puede demorarse -sin la carga negativa que este rápido mundo le da a la palabra-. Extenderse, alargarse, estirarse, abarcar más tiempo y más espacio. Mientras, se detiene a escuchar, a mirar, a apropiarse de lo que le rodea, que es precisamente el ámbito en el que se desenvuelve el destinatario final. El uno y el otro comparten los signos, las referencias y las experiencias. Para darse cuenta, sólo hace falta ir slow.

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